viernes, 24 de octubre de 2008

La Asociación de Reyes Magos de Cádiz, vulgo la hoguera de las vanidades.

Desde muy antiguo, sobretodo desde que el hombre organizó sus sociedades de forma jerárquica, al ser humano le quedó la alternativa de o bien aspirar a elevar su posición a estratos superiores o bien asumir su condición inicial y permanecer en su estamento correspondiente durante toda su vida. Todo ello ha dependido de la cultura, del momento histórico y del carácter de dicho individuo. Esto es algo que es obvio pero necesario para la introducción de este artículo.

Las sociedad modernas occidentales u occidentalizadas tienen entre sus características ese afán de mejora en sus ciudadanos, hasta el punto de que países como Estados Unidos han incorporado oficiosamente un lema que lo define como “la tierra de las oportunidades”. Da igual desde donde ustedes empiecen que su ascenso puede llegar a ser ilimitado. De alguna forma u otra el resto de países de la órbita y con un nivel concreto de desarrollo han incorporado esa aspiración. Esto ya no es ni más ni menos obvio, es sencillamente real y de comentario necesario para el desarrollo del presente artículo.

En algunos de estos países o sociedades, en ese afán por escalar y por minimizar los tiempos y los esfuerzos, algunos de sus ciudadanos han decidido optar por tomar atajos. ¿En que consisten estos atajos? Si yo puedo llegar a ser célebre por mis consecuciones, eso me llevará a introducirme en ciertos círculos que me situarán en esas posiciones de privilegio social, pero puedo llegar a ahorrarme tiempo y trabajo en formarme ese sólido mérito, sencillamente introduciéndome en el círculo por una puerta trasera, a través de un conocido. La cuestión es que de estar constantemente en ciertos sitios, al final pasaré como alguien que pertenece al mismo desde el día que nació. Esto tiene además otra ventaja, si estoy con gente pudiente las oportunidades para relanzarme en todos los aspectos, incluido el de los negocios, se multiplica.
Aquí ya asistimos al triunfador sin una base de honor.

El atajo de los famosillos, se ha cocido en ese puchero al fuego del conocido título de la hoguera de las vanidades, y llegados a ese punto, el ser humano se convierte en un vampiro que absorve todo cuanto sea necesario para conseguir su objetivo. En Cádiz hemos asistido durante estos días a la vil carrera por ser Rey Mago en las próximas fiestas navideñas. Semejante nombramiento no solo te consolida como un importante de esta sociedad, sino que dado el carácter del personaje que representarás, te dará un halo de honorabilidad. Es decir te hace un lavaito de cara curioso. Y es por eso que tal elección se ha convertido en una campaña a mordiscos, en la que los aspirantes buscan votos por todos los medios como posesos.

Todo este sainete lo organiza la Asociación de Reyes Magos, y por como se ha dado todo y el resultado de la elección, está claro que tenemos una asociación en la ciudad que tiene de todo menos respeto por la ilusión de los niños, se diría que son cómplices de utilizarla. Es más, que diría un niño si supiera que hace muy poco Gaspar denunció en una nota que Baltasar andaba invadiendo palcos en Carranza, haciéndose acompañar de la descrita como “acompañante de turno”, que por culpa de Baltasar tuvieron que restringir las invitaciones y poner celo en la vigilancia de los acceso al palco, y que no obstante Baltasar se saltaba todas las reglas para según la denuncia, en un estado – posiblemente ebrio – agredía verbalmente a los empleados del club. Qué diría un niño si conociese que a Baltasar el otro día le tuvieron que invitar a salir del palco del estadio de Bahía Sur. Yo no se qué diría, pero si yo tuviese que justificarlo no me quedaría otra que explicarle que con dos mil años tanto Gaspar como Baltasar andan chocheando y han contagiado a los de la Asociación, o eso o explicarle que dos mil años cogiendo vicios feos, son muchos años.

Nos estamos lamentando por la crisis económica y parece que no nos hemos dado que si superar esta va a costar trabajo, más aun salir de la otra crisis de la que no hablamos, la de la falta de valores, en la que estamos encumbrando a lo zafio y sombrío.

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