
Desde los años 70 se conoce la presencia en el universo de unas corrientes de rayos gamma provenientes, en principio, de las profundidades más recónditas del mismo. El origen de esta energía parece encontrarse en el proceso de estallido de una estrella o bien en la colisión de dos estrellas de neutrones. Las estrellas sobreviven gracias al combustible resultante de la presencia de Hidrógeno que fusiona el Helio. Su muerte es la consecuencia de haber agotado el Hidrógeno. A partir de ahí, las más pequeñas (masas inferiores a 10 veces la solar) van apagándose sin más convirtiéndose en cuerpos muertos llamadas enanas blancas. En el caso de las de mayor masa, capaces de seguir fusionando el Helio y núcleos atómicos pesados, se inicia un proceso de expansión, contracción, convulsivo e incontrolado por así decirlo. Una excesiva contracción de toda esa masa en un espacio reducido, provoca la aparición del agujero negro y una explosión de la misma (supernova o hipernova). En la explosión se produce una emisión de energía compuesta por rayos gamma (RGB – Ray Gamma Bursts).
La duración de esta emisión es perceptible visualmente, dependiendo de la intensidad de la misma y su lejanía a nuestro planeta. Visualmente el efecto se desarrolla por
un incremento de la luminosidad seguido de un paulatino apagamiento. Este fenómeno puede durar segundos u horas. Desde su descubrimiento hasta el año 2004, el fenómeno ha contado con la limitación de su observación terrestre; limitado por cuanto la atmósfera filtra la mayor parte de esta energía. En noviembre de 2004, la NASA puso en órbita el satélite Swift, que se encargaría de detectar estas emisiones y tener la capacidad de orientarse hacia su punto de origen buscando una toma concienzuda y rápida de datos. Desde aquel día Swift ha recogido una impresionante cantidad de datos, a razón de una media de dos fenómenos por semana. De su estudio se ha llegado a conocer no solo la potencia de esta energía que supera infinitamente la de la energía solar (la luz de los estallidos de estos rayos es equivalente a la luz de un trillón de soles), también se ha constatado lo usual de este fenómeno en el universo.La mayoría de las explosiones que se han registrado provienen de estrellas situadas a varios miles de millones de años luz, pero ¿Qué ocurriría si una corriente de esta energía incidiera directamente sobre la Tierra, siendo lo suficientemente potente bien por su magnitud bien por su proximidad (inferior a mil millones de años luz)? Esta pregunta se la han formulado los científicos y las conclusiones son desalentadoras, porque es evidente que estaríamos a asistiendo al fin de la vida en el planeta. Un final que comenzaría por la absoluta destrucción de la atmósfera y la capa de ozono, una radiación imposible de soportar a la vez que una alteración de la temperatura del mismo acompañado de todo tipo de desastres naturales (terremotos, tormentas, etc.). Una guerra nuclear llevado al plano de lo inimaginable. Afortunadamente dicen que las posibilidades de coincidan todos los factores serían de un uno por ciento, Pero ¿Habrá aumentado este porcentaje tras los recientes descubrimientos de la Swift?.
La sonda ha llegado a registrar dos eventos de gran magnitud en 2008. Uno fue captado el 25 de Abril. Se producía en una pequeña estrella a tan solo dieciséis años luz, en “EV Lacertae”, una “enana roja”. La intensidad de esta explosión provocó que tras ser detectada por la Swift, los telescopios encargados de su seguimiento se desactivaran por razones de seguridad del propio material.
(http://www.elmundo.es/elmundo/2008/05/19/ciencia/1211222021.html).
La segunda fue la mayor explosión registrada hasta la fecha, catalogada como GRB 080319B. Se captó como proveniente de la constelación de Bootes (Boyero) el 19 de Marzo a 7500 millones de años luz. La NASA en su informe publicado la calificaba como “una extraordinaria explosión de rayos gamma, visible al ojo humano, y que tuvo lugar hace algunos meses, provino de un chorro estelar explosivo que apuntaba casi directamente hacia la Tierra.”
(http://ciencia.nasa.gov/headlines/y2008/10sep_nakedeye2.htm).
Las casualidades en todo esto no tienen fin, ya que esta última coincidió con la muerte ese mismo día del científico y escritor Arthur C. Clarke, autor de la novela 2001: Una odisea espacial, que fue llevada al cine por el director Stanley Kubrick. Es más, ese día se registraron de forma inusual cuatro explosiones más, cuando, como ya mencionamos, la estadística es de dos por semana. Ese universo grandioso, enigmático, maravillosamente hermoso, atrayente, y al que siempre hemos mirado de forma romántica, se nos presenta como un auténtico campo de tiro por el cual correteamos inconscientes.
1 comentario:
Joder Cuñao hay que ver lo que sabes de estrellas
Jajajajja
Un abrazo
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