La competitividad es más que probablemente la característica fundamental y más importante de los seres vivos. Cada cual compite en su entorno con el resto de seres con el fin de sobrevivir o reproducirse. En el caso del hombre, su inteligencia le aportó innegables ventajas, pero también complicó un tanto sus características como ser vivo. Su inteligencia le llevó a organizar sus sociedades y a estructurarlas. Una sociedad estructurada no es sino un conjunto humano en convivencia y organizada por niveles con todos sus reconocimientos o desprecios. Se da un factor común en gran parte de las sociedades estructuradas, la calidad de vida es directamente proporcional a la posición del individuo en la pirámide. De esta forma el ser humano encontró otras motivaciones para competir: calidad de vida y afianzamiento y reconocimiento de su yo frente a otros “yos”.Desde sus orígenes más remotos el deporte es una forma de consecución de esos honores individuales frente al resto. En una sociedad patriarcal no es raro pensar que una demostración de fuerza es reconocida como un valor añadido en una persona. Demostrar que uno es capaz de vencer en una lucha o ser más rápido que los demás, le concede honores y reconocimientos que le proporcionaban no solo satisfacción personal sino incluso beneficios materiales y calidad de vida.
Por otra parte el ser humano, como especie capaz de integrarse con otros congéneres, ha sido capaz de hacer una traslación de sus anhelos como “yo” a anhelos como “nosotros”, esto significa que uno puede sentir satisfacción no solo porque consiga objetivos como individuo sino porque el grupo con el que se considera identificado también los consiga. Queremos que nuestro grupo – étnico, local, regional o nacional – sea reconocido como mejor que otros. Esto tuvo su correspondiente traslado al deporte, de manera que yo celebro el éxito de otros yos porque pertenecen a mi mismo grupo.Tan importante ha llegado a ser para el ser humano esa competitividad entre grupos que ciertos deportes han ido gozando de un seguimiento cada vez mayor, hasta el punto de añadirles la denominación de deportes de masa. En una sociedad consumista no se escapó a la consideración de algunos que este seguimiento provocaba un consumo que podía dejar buenos dividendos. Es así como en estos deportes comienzan a manejarse cantidades de dinero que han llegado a tal punto que, por ejemplo, algunos equipos representativos de ciudades tienen presupuestos muy superiores al de una ciudad media occidental. Por otra parte al ser el deporte una actividad que mueve esas cantidades p
asa a ser fagocitado por el sistema económico como medio, no solo para invertir con el objetivo de obtener beneficios directamente, sino como puente para abrir vías de negocios, blanqueo de dinero, etc. Todo ello ha configurado un mundo donde coinciden las pasiones de competitividad grupal, adhesiones al nombre de un equipo por representar a esa ciudad, con los intereses particulares.Todo eso ya lo conocemos, al igual que conocemos que desde que en el deporte se asentaron las sociedades anónimas hemos fundando una especie de despotismo en el deporte, todo por el club de la ciudad pero sin sus ciudadanos, peor incluso porque en caso de necesidad algunos acuden a esos ciudadanos tocándole la fibra sensible de su amor por el club o la ciudad, para excluirlos cuando también les interesa acogiéndose al derecho de no rendir cuentas fuera de la sociedad mercantil. Semejante gazpacho económico-sentimental no iba a estar fuera de la última gran crisis que está viviendo el mundo. Muchas ciudades están asistiendo con dolor a la desaparición de ese club representativo, algunos experimentaron un crecimiento gaseoso que rápidamente no solo perdió fuerza sino que se desvaneció y otros que empezaron a ir de mano en mano en aras de un crecimiento, ahora ven que cambian de manos en una aspiración por subsistir.
Hay ejemplos múltiples de cuanto estamos hablando en que el dinero procedente de otros sectores, como el inmobiliario principalmente, potenció clubes que se embarcaron en proyectos tan ambiciosos que generaron deudas, que con la crisis provocaron su práctica desaparición, caso del Akasvayu Girona de baloncesto. En otros casos clubes con un peso histórico enorme y denominados de los grandes se están debatiendo entre deudas difícilmente superables. Algunos ganaron cierto respiro gracias a las recalificaciones de terrenos o la llegada de nuevos propietarios que si bien dan la esperanza de continuidad a corto plazo, añaden un sentimiento de desasosiego. Un caso reciente fue el del Valencia en fútbol y hoy nos desperezamos con la noticia de la espada de la quiebra que se balancea sobre el Liverpool. El caso de Cádiz es un caso que dibuja un entorno en el que la afición tuvo que asumir la caída en tiempo record de una aspiración nunca antes conocida a darse de bruces con la cruda realidad de tener que competir en una división mediocre. Su ejemplo es significativo porque algunos de sus seguidores hicieron la reflexión de que en realidad lo que ellos buscan en el fútbol es el bienestar de la felicidad de ver a su equipo ganar, y sin grandes proyectos ahora son felices. Han recuperado la verdadera esencia del deporte, esto no es sino un medio de satisfacción, pero alguien tendría que explicarles que esto es momentáneo, una vez que entras en el sistema no es fácil salirse, es ficticio. Si esos triunfos no sitúan al equipo a corto plazo otra vez en la élite, el club tendrá problemas para subsistir ya que vendió su alma al diablo cuando estaba en esa élite.
Lo triste es que esto son solo casos significados por la importancia de sus nombres, pero sería tan larga la lista de clubes y ciudades afectados por esta situación que sería más propia de un boletín oficial que de un artículo. Ya no está tan solo en juego la satisfacción personal del fin de semana, como en cualquier actividad esto ha generado empleos directos e indirectos, formas de vida que pueden verse arrastradas a la ruina y provocar tragedias de índole personal. Este gigante ahora mismo con pies de barro tiene tantos frentes abiertos, tantos personajes en escena de forma anárquica que esperemos que la solución no sea la misma que en una novela que me referenció mi suegro, que tenía tal cantidad de personajes y el desbarajuste de argumento era tal, que la única forma de terminarla era metiéndolos a todos en un barco y hundirlo.

