jueves, 13 de noviembre de 2008

De la competitividad a la infelicidad pasando por el deporte

La competitividad es más que probablemente la característica fundamental y más importante de los seres vivos. Cada cual compite en su entorno con el resto de seres con el fin de sobrevivir o reproducirse. En el caso del hombre, su inteligencia le aportó innegables ventajas, pero también complicó un tanto sus características como ser vivo. Su inteligencia le llevó a organizar sus sociedades y a estructurarlas. Una sociedad estructurada no es sino un conjunto humano en convivencia y organizada por niveles con todos sus reconocimientos o desprecios. Se da un factor común en gran parte de las sociedades estructuradas, la calidad de vida es directamente proporcional a la posición del individuo en la pirámide. De esta forma el ser humano encontró otras motivaciones para competir: calidad de vida y afianzamiento y reconocimiento de su yo frente a otros “yos”.

Desde sus orígenes más remotos el deporte es una forma de consecución de esos honores individuales frente al resto. En una sociedad patriarcal no es raro pensar que una demostración de fuerza es reconocida como un valor añadido en una persona. Demostrar que uno es capaz de vencer en una lucha o ser más rápido que los demás, le concede honores y reconocimientos que le proporcionaban no solo satisfacción personal sino incluso beneficios materiales y calidad de vida.


Por otra parte el ser humano, como especie capaz de integrarse con otros congéneres, ha sido capaz de hacer una traslación de sus anhelos como “yo” a anhelos como “nosotros”, esto significa que uno puede sentir satisfacción no solo porque consiga objetivos como individuo sino porque el grupo con el que se considera identificado también los consiga. Queremos que nuestro grupo – étnico, local, regional o nacional – sea reconocido como mejor que otros. Esto tuvo su correspondiente traslado al deporte, de manera que yo celebro el éxito de otros yos porque pertenecen a mi mismo grupo.

Tan importante ha llegado a ser para el ser humano esa competitividad entre grupos que ciertos deportes han ido gozando de un seguimiento cada vez mayor, hasta el punto de añadirles la denominación de deportes de masa. En una sociedad consumista no se escapó a la consideración de algunos que este seguimiento provocaba un consumo que podía dejar buenos dividendos. Es así como en estos deportes comienzan a manejarse cantidades de dinero que han llegado a tal punto que, por ejemplo, algunos equipos representativos de ciudades tienen presupuestos muy superiores al de una ciudad media occidental. Por otra parte al ser el deporte una actividad que mueve esas cantidades pasa a ser fagocitado por el sistema económico como medio, no solo para invertir con el objetivo de obtener beneficios directamente, sino como puente para abrir vías de negocios, blanqueo de dinero, etc. Todo ello ha configurado un mundo donde coinciden las pasiones de competitividad grupal, adhesiones al nombre de un equipo por representar a esa ciudad, con los intereses particulares.

Todo eso ya lo conocemos, al igual que conocemos que desde que en el deporte se asentaron las sociedades anónimas hemos fundando una especie de despotismo en el deporte, todo por el club de la ciudad pero sin sus ciudadanos, peor incluso porque en caso de necesidad algunos acuden a esos ciudadanos tocándole la fibra sensible de su amor por el club o la ciudad, para excluirlos cuando también les interesa acogiéndose al derecho de no rendir cuentas fuera de la sociedad mercantil. Semejante gazpacho económico-sentimental no iba a estar fuera de la última gran crisis que está viviendo el mundo. Muchas ciudades están asistiendo con dolor a la desaparición de ese club representativo, algunos experimentaron un crecimiento gaseoso que rápidamente no solo perdió fuerza sino que se desvaneció y otros que empezaron a ir de mano en mano en aras de un crecimiento, ahora ven que cambian de manos en una aspiración por subsistir.

Hay ejemplos múltiples de cuanto estamos hablando en que el dinero procedente de otros sectores, como el inmobiliario principalmente, potenció clubes que se embarcaron en proyectos tan ambiciosos que generaron deudas, que con la crisis provocaron su práctica desaparición, caso del Akasvayu Girona de baloncesto. En otros casos clubes con un peso histórico enorme y denominados de los grandes se están debatiendo entre deudas difícilmente superables. Algunos ganaron cierto respiro gracias a las recalificaciones de terrenos o la llegada de nuevos propietarios que si bien dan la esperanza de continuidad a corto plazo, añaden un sentimiento de desasosiego. Un caso reciente fue el del Valencia en fútbol y hoy nos desperezamos con la noticia de la espada de la quiebra que se balancea sobre el Liverpool. El caso de Cádiz es un caso que dibuja un entorno en el que la afición tuvo que asumir la caída en tiempo record de una aspiración nunca antes conocida a darse de bruces con la cruda realidad de tener que competir en una división mediocre. Su ejemplo es significativo porque algunos de sus seguidores hicieron la reflexión de que en realidad lo que ellos buscan en el fútbol es el bienestar de la felicidad de ver a su equipo ganar, y sin grandes proyectos ahora son felices. Han recuperado la verdadera esencia del deporte, esto no es sino un medio de satisfacción, pero alguien tendría que explicarles que esto es momentáneo, una vez que entras en el sistema no es fácil salirse, es ficticio. Si esos triunfos no sitúan al equipo a corto plazo otra vez en la élite, el club tendrá problemas para subsistir ya que vendió su alma al diablo cuando estaba en esa élite.

Lo triste es que esto son solo casos significados por la importancia de sus nombres, pero sería tan larga la lista de clubes y ciudades afectados por esta situación que sería más propia de un boletín oficial que de un artículo. Ya no está tan solo en juego la satisfacción personal del fin de semana, como en cualquier actividad esto ha generado empleos directos e indirectos, formas de vida que pueden verse arrastradas a la ruina y provocar tragedias de índole personal. Este gigante ahora mismo con pies de barro tiene tantos frentes abiertos, tantos personajes en escena de forma anárquica que esperemos que la solución no sea la misma que en una novela que me referenció mi suegro, que tenía tal cantidad de personajes y el desbarajuste de argumento era tal, que la única forma de terminarla era metiéndolos a todos en un barco y hundirlo.

lunes, 10 de noviembre de 2008

Libertad de prensa. ¿Libertad para imprimir o para escribir?

Es diez de Noviembre y se celebra el 198 aniversario del decreto promulgado por las Cortes de Cádiz en 1810 declarando la libertad de imprenta. Tal como recoge Emilio La Parra López
en su libro “La libertad de prensa en las Cortes de Cádiz”, esto no fue un hecho repentino, sino que tal como sucede todo en la historia, desde décadas anteriores esta necesidad fue imponiéndose debido a la costumbre y la forma de pensamiento de la época (ilustrada). Conviene recordar que hasta ese momento la Santa Inquisición se reservaba el derecho de revisar todo aquello que se imprimiese y publicase, evitando si fuese necesario su difusión.

Interesado por el tema seguí leyendo a Emilio La Parra y asistiendo a que no solo están los hechos incuestionables de que la libertad de imprenta viene de la mano de una cultura ilustrada, de que lo importante en si no era la publicación libre de las diferentes opciones políticas, que eso quedaba como asunto secundario, sino la construcción y difusión de un nuevo orden social basado ideológicamente en el diálogo, el discurso, el debate, las opciones elegibles, etc. De un sistema político arbitrado por liberales no podía venir sino práctica librepensante.

Nos va narrando que el camino hacia la promulgación del decreto tuvo que superar el debate de una libertad de imprenta completamente libre o una libertad con la excepción de aquellos asunto referidos a la “religión y a las buenas costumbres” a los que seguir aplicándole una revisión por parte de la Iglesia. Ambas opciones tenían sus adeptos cargados de razones. De hecho hoy en día, casi doscientos años después, el debate aun no se ha cerrado porque seguimos asistiendo al hecho de que bajo el paraguas de dicha libertad se estén cometiendo todo tipo de tropelías que no siempre quedan resueltas en los tribunales.

Documentándome sobre todos estos acontecimientos históricos uno puede sacar la misma conclusión de siempre, que todas las consecuciones fueron laboriosas, pero asistes a los resultados de la misma y te preguntas si lo que hoy conocemos como libertad de imprenta es realmente lo que aquellos legisladores pretendían. Llegados a este punto quizás tendríamos que distinguir la libertad de imprimir de la libertad de escribir. Cierto es que hoy en día no existe traba para que uno tome posiciones de pensamiento y pueda escribir sobre ello, otra cuestión es que pese a la tan cacareada libertad, esa posición llegue a ser difundida por alguno de los medios audiovisuales existentes hoy en día. Centrándonos en el medio impreso, por simplificar, digamos que tu puedes escribir lo que te venga en gana, ya veremos si te lo imprimimos.

Hoy en día, lo mismo da que las asociaciones de prensa se reúnan en pomposos actos para celebrar esta libertad tan significada, los que componen ese espectro nacional de medios de comunicación, en el que esta libertad se reduce a plasmar la crónica siguiendo una de las dos tendencias claras y definidas. Depende para quién trabajes tendrás un punto de vista concreto y predeterminado de la realidad y opuesto al otro medio, el del que no te paga. No hay más allá del horizonte de los grandes holdings de la comunicación. Pese a que muchos medios tengan la tendencia a denominarse El Imparcial, El Independiente, y cuantos calificativos queramos poner en el título, esto no es sino parte de la hipocresía que rodea a nuestra civilización, la misma que te anuncia un banco que ama a sus clientes por encima incluso del dinero, que una compañía de seguros está deseando tirar la casa por la ventana cuando te ocurra algo, o tan simple como que no existe un detergente que tenga la capacidad de absorver cualquier tipo de mancha.

Gracias a internet están saliendo nuevas formas de publicar fuera del alcance de las grandes mordazas y es ahí donde puedes comprobar la gran cantidad de noticias de alcance que están silenciadas debido a los intereses creados. Será porque la prensa es también denominada cuarto poder, lo que la dota de la posibilidad de tener un mejor entendimiento con los poderes restantes.

Los últimos logros en este ambiente de libertad de imprenta son aquellos que se hacen llamar periodistas sin que sus actividades se aproximen a la información. Y que vamos a decir en el otro extremo, los profesionales mal pagados o en el paro. En el impresionante esfuerzo de renunciar a ti mismo y a tus creencias, te añaden el de renunciar a un trabajo o sueldo digno.