miércoles, 25 de febrero de 2009

El muelle pesquero de Cádiz solo en el recuerdo.

Cuando el Sol empezaba a coger camino de su catre, en el puerto pesquero aun quedaban restos de la actividad del día. Los barcos atracados al cantil del muelle hasta en filas de dos y tres. A esa hora se entremezclan los restos de ese jaleo diurno con los últimos que apuran la última copa en el camión bar, como si desearan eternizar su estancia, y con los que se incorporan en el turno de noche, es decir, los guardianes que cierran puertas y escotillas para pasar la noche de vigilancia abordo. Todos esos barcos hacen un pacto cómplice con la caída del día para no romper un silencio que sorprende en uno de los sitios más bulliciosos por excelencia. Solo se romperá cuando unas horas después arranquen los motores del que se que se hará esa noche a la mar y que no regresará, si Dios quiere, hasta dentro de un mes. La noche va destacando las luces de la lonja al otro lado de la dársena, con uno o varios pesquero a la espera de ser descargado durante la madrugada. La dársena en sus márgenes se reparte la actividad frenética durante las 24 horas. A la media noche, en una parte silencio y ruido de motor que sube revoluciones, un cabo que se estira dando sprint, el barco se abre y el resto de los cabos caen al agua desde los norays. El sonido se va alejando hacia la salida del puerto y los que se quedan en tierra despidiendo a los que se marcha miran hipnotizados como se empequeñecen sus luces hasta que se confunden con las del otro lado de la bahía. Al otro lado el traqueteo de las maquinillas sacando el pescado de bodega. Mañana todo volverá a comenzar.

Hoy el Sol estaba cogiendo el mismo camino que años atrás, paseaba yo por el mismo lugar buscando posar mi mirada en esa escena de antaño, pero no quedaban ni ruidos ni silencios, solo quedaba el aire, un cantil de muelle vacío, una lonja apagada. No me tropecé con nadie, ni que llegara ni que no quisiera marcharse. Los barcos solo quedan en mi recuerdo, como todo lo demás. Donde antes había paredes de algún establecimiento solo quedaba un suelo pedregoso. La fábrica del hielo que suministraba a la lonja permanece, pero como los fantasmas que sabiendo que son testigos del pasado, nada te contarán. Todo es pasado, porque del presente no queda ni eso. ¿Que pasó con todo aquello? ¿Dónde fueron? La mayoría vieron que era más rentable desguazar sus barcos que mantenerlos en su actividad. Otros se marcharon a otros puertos y otros caladeros del mundo, hasta el sitio más remoto. Con ellos desaparecieron todos los demás del bullicio. El pequeño hueco para atracar se fue haciendo tan grande que se fagocitó hasta a si mismo y se convirtió en un vacío que ya no sabes ni donde empieza ni donde acaba. Dicen que van a rellenar toda esa dársena, sabrán los que lo han ideado que pondrán ahí. Espero que ese nuevo mundo que nazca en el mismo lugar pueda llegar a tener la misma vida que tuvo el anterior.

A la vuelta de mi desangelado paseo fui asimilando que allá quedó en algún estrato del tiempo gran parte de mi vida. De alguna forma yo había dejado allí, hace años, un testigo de mi mismo que creería que recuperaría, como si fuese capaz de alejarme y volver al cabo de los años y retomarme en mi pasado. Pero no, lo que tu dejas en el tiempo se marcha con él. Ni tu ni tu pasado te va a esperar. Ahora solo queda la posibilidad de recordar aquel muelle de Cádiz y recordarme a mi mismo en él.

martes, 10 de febrero de 2009

La Barbería. Un viaje al fondo de la Pepa.

Ser persona y no tener curiosidad por tu pasado no es cosa sana, pero aun es más grave, más siendo gaditano, no sentir pasión por aquel tiempo en que en esta ciudad se fraguaron los momentos más importantes del devenir de este país en aquellos inicios del siglo XIX. Todos y cada uno de los momentos entre 1808 y 1812 son de importancia suprema y relevancia, más en estos días en que tanto se habla de la celebración del bicentenario, pero esa especie de providencia que todos llevamos a cuestas en nuestras vidas, hizo que tropezara con una publicación, La Barbería, que vio la luz en la ciudad de Cádiz en Septiembre de 1813 y que nos acerca a un año que no se celebrará pero que fue tan importante como los cuatro anteriores.

Antes de centrarnos en esta publicación dibujemos un plano general que nos situará de una forma más adecuada en el contexto. La recién promulgada Constitución de la más pura inspiración liberal e ilustrada abole el Tribunal de la Santa Inquisición y garantiza la libertad de imprenta en España, tan solo quedan sujetos a revisión y posible censura, por parte de la Iglesia, aquellas impresiones que traten sobre asuntos de naturaleza religiosa. Todo esto propicia que sea en Cádiz el lugar donde aparecen un sinfín de publicaciones, unas diarias, otras periódicas, en un clima de efervescencia política, liberal, patriotica y solamente sujeta al gobierno de las Cortes Españolas y no al Gobierno en Madrid del por entonces rey, José I Bonaparte. Eran muchos los que querían y tenían algo que decirle a los demás.

Además de La Barbería, que comenzó su andadura el 20 de Septiembre de 1813 y que prolongó su actividad hasta 1820, en un rápido vistazo a los archivos digitalizados a la Biblioteca Nacional de España, podemos extraer títulos impresos en Cádiz como:

Clarín de la Libertad (1813)
Correo Mercantil de Cádiz (1816-1824)
De Pronto (1813)
Diario de la Tarde (1811? 1813-1814)
Diario de Manresa (reimpreso en Cádiz) (1808-?)
Diario Mercantil de Cádiz (1802-1837)
Diario Patriótico de Cádiz (1813-1814)
El Censor General (1811-1814)
El Conciso (1810-1814)
El Español Libre (1813)
Gazeta de Cádiz (1811)
Gazeta del Comercio de Cádiz (1809)
El heroismo de la nacion española que da ejemplo al mundo o ya sea el secreto hispalense (1813-1814)
El Imparcial (1812)
Noticias Fidedignas (1808)
El Procurador general de la nación y del rey (1812-1824)
Prodigiosa vida, admirable doctrina y preciosa muerte de los filósofos liberales de Cádiz (1813-1814)
El Revisor Político (1811-1812)
El Sol de Cádiz (1812-1813)
El Telescopio Político (1810-1811)
Zelador Patriótico (1811)


No menciono aquí el resto de las publicaciones reconocidas por la BNE que surgieron a partir de 1820 hasta completar una lista de más de cuarenta, y que estarían sujetas según su época a los vaivenes políticos del convulso siglo XIX, pero que dan muestra de la importancia editorial y política de esta ciudad pese a la pérdida de protagonismo y la decadencia que se apoderó progresivamente de la misma.

Comenzar a leer el primer número de La Barbería te lleva rápidamente desde la curiosidad hasta la pasión debido a que te da la mano y te lleva de un plumazo doscientos años atrás y te introduce en su día a día como si del tuyo se tratase. Lo primero que llama la atención es el recurso literario empleado. La redacción del diario es presentada como una barbería en la que el Maestro Ignacio pretendía:

“poder feytar, no solo a mis marchantes ordinarios, sino a toda clase de personas, sin exceptuar ni al mismo Presidente de la Soberanía, ni a algunos de los que la componen : tan decente quería que fuese ; y lo será (Dios mediante). Porque mis intenciones eran buenas y lo son todavía, pues amen de mis mayores ganancias, proporcionaba utilidades y ventajas al público, de más consideración, de lo que se piensa y puede pensar comunmente ... En ella se había de leer y contar todas las noticias, y oír a todos hablar sobre ellas libre y francamente, sin ningún género de rezelo de ninguna especie.”

Este recurso proporciona al editor la posibilidad de contar no solo lo que tiene una fuente oficial sino los dimes y diretes del día a día, tan importantes los unos como los otros haciendo historia de lo que cien años después Unamuno definirían como la importancia de la intrahistoria.

Además de la introducción de situación que realice yo en este artículo nos sitúa mucho mejor el momento la definición clara que hace el autor de la misma, estableciendo tres normas de sagrado cumplimiento:

“Que, aunque se oyesen por algunos los mayores desatinos, nadie pudiera hacer de ellos, ni mención siquiera, en saliendo de la tienda ni decir cosa (excepto al Obispo en confesión)”

“Están todos sujetos a no volver a criticar en materia alguna, fuera de la tienda, sujetándose al fin de la libre tertulia al parecer del Maestro Agustín, hombre sesudo, que lo habría de dar, hasta después de haber oído a todo el mundo que concurre a mi tienda”

“Ninguno ha de hablar de religión, y si se ha de practicar lo que sea de uso y costumbre, en su verdadero espíritu y sentido.” (Recuérdese que los textos que traten asuntos religiosos si están sujetos a revisión y posible censura por parte de la Iglesia).

Es de esta forma como comienza su andadura esa Barbería por la que pasarán personajes como el Señor Hernández, Pedro el Ajamel, el Señor Juan el Postillón, el peluquero Don Gil, el Montañés Toribio, el Boonero, el Serrano de la esquina, el Patrón Cayetano (el de la barca chata), entre otros, además del Maestro Agustín que con frecuencia expondrá una visión tintada con sentido común y moderación, que incluso cerrará la edición del día a modo de conclusión sobre los temas tratados con su visión elevada de los hechos, por encima de los apasionamientos.

Es probado que los asuntos tratados en La Barbería son de la más pura actualidad del día a día. Pongamos como ejemplo el tema de los “papeles de Dublín” en los que se trata de un chisme que hurdido por los franceses o afrancesados que busca desacreditar a Lord Wellington (al mando de las tropas aliadas que combaten a Napoleón en España) ante los españoles. Aunque no mencione específicamente de que se trata el asunto, un vistazo rápido a El Conciso de esos días nos menciona la aparición de un artículo en la prensa inglesa que se hace eco sobre la adoración que sienten los españoles ante el Lord y que le puede llevar a ser proclamado Rey de España. En La Barbería se destaca el respeto que Wellington tiene por la corona española y los derechos de Fernando VII a ser restaurado en la misma.

Otros temas interesantes tratados en sus primeros números son la vuelta del gobierno a Madrid, hecho que por las formas en que es planteado, es duramente criticado. La amenaza de contagio de peste en la ciudad, las críticas a ciertos elementos del gobierno tachados de "tramoyistas", la insurrección del Río de la Plata, las campañas victoriosas de Wellington en el Norte de España o la situación crítica de Napoleón en centroeuropa. Desde La Barbería, ante la inminente victoria en la Guerra de la Independencia se llama a la unión de los españoles por encima de cualquier debate y visiones contrarias, y a mi como si de la máquina del tiempo se tratara, aquella Barbería me sigue llamando día a día a ir a sentarme en una esquina a contemplarla y oír todo cuanto se diga en ella entre “afeytado y afeytado”.

Enlace de interés:
http://hemerotecadigital.bne.es/titulos.htm