viernes, 27 de marzo de 2009

La alternativa del miedo

El otro día un compañero de un foro nos dio a conocer una película documental que trataba el problema de las armas en Estados Unidos. De un lado el acceso fácil que tienen a la posesión de un arma de fuego, de otro la enorme cantidad de asesinatos por disparos que se producen anualmente en aquel país. En comparación con otros países, considerados avanzados en los que la legislación permite esta posesión, las diferencias de crímenes eran abismales. En el resto de esos países los números oscilan entre treinta y sesenta muertos anuales, en Estados Unidos la cifra es de más de once mil. Lógicamente es para cuestionárselo y buscar las causas. La posesión aunque en principio puede pensarse como la causa, según las comparaciones no parece ser el motivo definitivo. Al final el documental concluye en que quizás la causa es que en Estados Unidos durante los últimos años se ha ido transmitiendo a la población, tanto desde el gobierno como de los medios de comunicación, una sensación de miedo, de fragilidad y de la necesidad de estar alertas contra una posible agresión. Tanto es así y lo tienen tan asumido, creo que desde generaciones, que muchos defensores de tener armas, una vez entrevistados por la calle, están convencido no solo de la necesidad de protegerse, sino que lo contrario sería de irresponsable e incluso contrario al espíritu norteamericano.

Los que vemos esto desde afuera nos podremos llevar las manos a la cabeza, pero piensen por un instante que esta estrategia de transmitir miedo a la población ni ha sido la primera vez ni será la última que se utilice en la historia de la humanidad. Ni Estados Unidos ha sido el primero ni va a ser el único en hacerlo. Desde la más remota antigüedad, el miedo ha sido un buen recurso de los gobernantes o del señor dominador para tener a la gente atada en corto – si tengo miedo, no puedo prescindir de alguien que me proteja -. Gracias a Dios en España, tal como está montada la cosa, no es fácil que tengamos una pistola en casa, la verdad es que a la mayoría ni se nos pasa por la cabeza, al menos de momento. Pero no por ello podemos decir que no hayamos sido víctimas de esta estrategia. Si tomamos los últimos cien años, cada uno que se ha subido a la poltrona ha hecho más incapié en asustarnos que en defendernos de los verdaderos peligros que nos acechan, la defensa en todo caso ha sido siempre contra los que pudieran bajarlos del pedestal. Hemos satanizado, desde la Iglesia y la religión hasta el comunista o el anarquista, desde el fascismo a la conspiración judeo masónica.

Cada cual ha escogido algo, lo ha convertido no solo en un enemigo, sino en un demonio y ha intentado transmitírselo a la población. Mientras estemos tensos con otros, no lo estaremos con los que dirigimos o con el sistema. Concretando en los últimos veinticinco años en España, hemos estado asustados con una nueva guerra civil tras la muerte de Franco, con un nuevo golpe de estado en los reinicios de la etapa constitucional. El miedo a la vuelta del fascismo, a las camisas de rayas con cuellos blancos, a los nacionalistas, a los centralistas, a los fusilamientos de las guerras, a la memoria histórica, a los políticos que judicializan, a los jueces que politizan. Y tanto miedo nos han ido inculcando con sus dosis de odio, que solo gracias a Dios, en este país que no tenemos costumbre de tener pistolas en casa, no andamos a tiros los de un portal con el de al lado.

Sin embargo, nadie se preocupó de dejar estos temores aparcados y alertar contra aquello que si era el verdadero peligro, una economía sin pies ni cabeza, tan cargada de especulaciones que tal como reza el tópico, una vez convertida en gigante con pies de barro, tan grande como se hizo más dramática es la caída. Nadie abordo de forma seria, ni alertó sobre el peligro de una educación que entraba en caída libre y que ponía en peligro la formación del ciudadano, el peligro de vitorear con indulgencia y una sonrisa cómplice al sinvergüenza y de pronunciar con cara de asco o con lástima la palabra ética. Ahora el transmisor del miedo anda confuso, porque no se ponen de acuerdo, los gobiernos no saben bien a quién apuntar, porque a cualquiera que lo haga, ha sido alguien o algo que ha estado bajo la protección de su capa. Los bancos satanizan a las inmobiliarias y éstas a los bancos, y nosotros, muchos, nos hemos autosatanizados bajo la frase: “quien me mandaría a mi ... “

En realidad yo concluyo en que no hay más maligno escondido que la sinrazón, que la incapacidad para intentar establecer cada cosa en su sitio y para reaccionar contra aquello que nos maltrata o nos desprecia. Dice el refrán que quién bien te quiere te hará llorar, sin embargo yo sostengo que esto solo se cumple en un estado de inconsciencia, normalmente quién verdaderamente me hace llorar es aquel que se ha procurado cuanto le ha pedido su ambición sin tener en cuenta mi bienestar, quién ha abusado de mi, y sobretodo quién se ha puesto la toga de lo noble para urdir bajo ella sus planes más indignos. Esos y no los moros, ni los judíos, ni los cristianos, ni creyentes ni ateos, ni los rojos, ni los fascistas, ni cualquier fantasma del pasado, del presente o del futuro son los enemigos y los que nos están matando este mundo y este país con todos metidos dentro.

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