lunes, 29 de septiembre de 2008

La ignorancia, nueva reivindicación cultural.


Uno intenta no comportarse como un carca, intenta no caer en el viejo tópico de cualquier tiempo pasado fue mejor, intenta reconocer las virtudes del presente y las limitaciones del pasado, pero hay veces que asistes a manifestaciones en ese presente que en el mejor de los casos te provocan nauseas.

Al no ser la generación anterior, que en su mayoría no tenía otra aspiración que comer cada día, podíamos plantearnos otras metas como son las culturales, las ideológicas y por supuesto, las de cualquier joven que pretende deslumbrar a una chica o ser el mejor en esto o aquello. El deslumbrar no pasaba exclusivamente por lucir ropa o cuerpo, también había mucho de pasar por alguien cultivado. Es por ello que no era difícil sorprendernos leyéndonos cualquier escrito, alguna idea filosófica maravillosa que no eran sino retazos de aquí o de allá, adecuados a los tiempos y a la personalidad de cada cual. Si en todas estas tertulias te sorprendían con algo completamente desconocido, lo mejor era no embarcarse en discusiones, sortear el asunto lo más elegantemente posible, y estar informado de ese asunto para la próxima ocasión.

No era cosa fácil buscar información, o al menos no tanto como ahora, porque no es que no existiera el google, internet como lo conocemos y como herramienta para la sociedad tampoco. Existía un aparato de televisión en casa con muchos botones de los cuales solo uno servía. Por aquella pantalla salían programas aburridos o divertidos, pero nos ahorraban asistir a ciertos espectáculos ya que en aquel entonces a lo esperpéntico no se le llamaba “friki” y por tanto tampoco se le había convertido en una variante social. Lo bueno de aquella televisión a veces aburrida y a veces distraída es que la audiencia la ganaban a golpe no solo de partidos de fútbol, existía la sana costumbre de colocar una película de las de toda la vida y ese día no faltaba nadie delante del aparato. No era extraño que entre la chavalería se dijera entre juegos en la calla, esta noche ponen una de guerra y aparecía Robert Mitchum o Gregory Peck, o una del oeste y allí disfrutábamos con John Wayne, Gary Cooper o James Stewart. Si la película era de Paul Newman o Robert Redford había espectación entre las mujeres de la casa, y si era de Cary Grant, todos contentos porque casi seguro que nos reíamos. En cuanto al cine español, aunque se reservaba los sábados para esas emisiones, no era Cine de Barrio, y por tanto uno podía disfrutar del amplio elenco de cine español sin que te pusieran todos los sábados una de Joselito o Manolo Escobar. De cualquier forma, gustos aparte, en la televisión te enterabas de cosas que no necesariamente pasaban por mensajes políticos ni por conocer las miserias de la vida íntima de los famosos, por no decir que famosos eran aquellos que se habían ganado la condición por sus actos y no por ser algo de alguien que es vecino de personaje popular.

Hace unos días oí con espanto como en un programa de radio la locutora alababa las aptitudes de actor del recientemente desaparecido Paul Newman y se fue un poco más allá dudando de que cualquier persona pudiera desconocer la talla del actor, asumiendo como algo cultural. Una oyente decidió escribir un correo electrónico a la locutora para expresarle su indignación ya que ella no lo conocía, y que aquella no era nadie para imponer su “cultura”. La oyente reclamaba su derecho a no conocerle sin que por ello tuviera que lamentarlo, a fin de cuentas, afirmaba, “yo veo poco la televisión”. En ese momento fue cuando me di cuenta que en realidad estábamos tocando fondo. Es desalentador que la oyente gastara su tiempo en su proclama en lugar de intentar saber quién era ese actor mítico que acaba de morir. En lugar de abrir el google, optó por abrir el correo electrónico para lanzar su vergonzosa reivindicación.

Ya no necesitamos que un informe nos diga que España es uno de los peores países en preparación académica, nos basta mirar como la juventud ha optado por cambiar nuestra ortografía por el lenguaje del móvil. Hemos llegado al punto en que el inculto, el ignorante se vanagloria de ello. Si antes reclamábamos nuestro derecho a leer lo que nos diese la gana, ahora se empeñan en preservar el suyo por no hacerlo. Y sacan pecho. Con franqueza, mi desaliento es grande porque no puedo imaginar peor futuro para un mundo en el que solo una minoría estará en condiciones de pensar u organizar – a lo peor eso es lo que pretenden algunos gobernantes - , y la inmensa mayoría vivirá orgullosa de su “cultura”. Esa civilización con individuos cuya aspiración ya no será tener un hijo, plantar un árbol y escribir un libro. Si tener hijos tiene unas limitaciones justificables y de plantar árboles ya se encargan los ecologistas, para que voy a escribir un libro en la confianza de que me lo publiquen si mandando un eseemeese a un programa de televisión lo tengo tirado.

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