Trigésimo aniversario de la promulgación de la Constitución de 1978. En aquellos tiempos yo era un adolescente y no era muy consciente de lo que suponía que se refrendase y se instaurase aquella carta de derechos y deberes. Era uno más de los acontecimientos en el vertiginoso proceso democrático que estabamos estrenando, una monarquía parlamentaria que se precie debe ser constitucional. Pero además del uso casi por inercia del término constitucional durante treinta años, hay que recordar los orígenes, basados en la primera significación que nos da el RAE, acción y efecto de constituir. Constituir: formar, componer, ser, también nos dice la Real Academia de la Lengua Española. Su redacción, aprobación y promulgación, en función de este último significado, parece adquirir toda la fuerza del hecho. La Carta nos debía decir quiénes somos, qué formamos y en definitiva qué componíamos con nuestra nacionalidad. Otros significados derivados, nos constituimos en ciudadanos comprometidos con el estado, nos constituimos en estado comprometido con el ciudadano. Es un contrato en el que ambos, estado y ciudadano, se dan la palabra de cumplir el uno con el otro, siempre con la tonalidad de la libertad y la máxima expresión de la justicia, el respeto de los diferentes gobiernos que lo formen para con el gobernado y su individualidad; la obligación del español para con sus leyes, qué están basadas en un principio íntegro y honrado que le protege a él y a su nación.Es así como se creó la Constitución Española de 1978, en pleno romanticismo y esfervescencia y, casi me atrevería a asegurar, inocencia democrática. Tan escasos veníamos los españoles de cartas que regularan nuestros derechos más irrenunciables que esta Constitución suponía no solo aire fresco a nuestras aspiraciones, mucho más que eso, merecía ser elevada a los altares. Sustituir los templos por los parlamentos, los dioses por las constituciones. Todo será por la Constitución, como si de un ente vivo vigilante de nuestro bienestar se tratase. Está ahí por encima de cualquier gobierno, de cualquier ley, todas las que dimanen del acto de gobernar serán de rango inferior respecto a la Constitución. Todo gracias a la Constitución y por la Constitución.
Tanto se ha rezado por y para ella que no solo se creó al Dios, sino que se creó la doctrina y por supuesto se creo la herejía. La herejía sobreviene con el Panteísmo Constitucional. Todo ha sido gracias a la Constitución pero llega un momento en que esta subyace como una causa universal dentro de nuestras fronteras pero se aleja de nuestros seres, de nuestras realidades del día a día, hasta tal punto que muchos de nuestros conflictos pueden terminar en un tribunal constitucional, que no significa sino que tendremos o dejaremos de tener razón dentro de muchos años. Y como de herejías hablamos, algunos de los que nacieron con aquel Dios, consideran que esta ortodoxia que está vigente no les representa, y entonces surge el debate de que este Dios está a medio hacer y hay que reformarlo. Al final la Constitución se ha convertido más que en un instrumento útil al español en una verdad absoluta de corte platónico, de cómo deberían ser las cosas, pero que desgraciadamente en el mundo terreno no tenemos sino un mero reflejo imperfecto de ese valor absoluto. Peor aun, a esa realidad nos hemos acostumbrado.
Algunas veces imagino a La Constitución sentada en su trono, elevada por encima de la realidad española, y la imagino cansada porque a fuerza de preocuparse por los españoles ha comprendido que su preocupación no se ha traducido en un verdadero bienestar. Unos han estado desvalidos ante las reconversiones, el paro, la cultura del pelotazo, la corrupción, los asesinatos, los abusos de aquí y allá, el euribor y la angustia de perder en un suspiro todo lo que tienen. Otros se han estado granjeando el futuro como buenamente han podido, aunque en el camino han perdido la perspectiva del bien común.
Y es que la Constitución está cansada de decirnos que todos tenemos derecho a pensar libremente, pero normalmente obedecemos a ciertas imposiciones que de una forma u otra nos obligan. Que tenemos derecho a una vivienda, pero cada día más se hace realidad que a lo que tenemos derecho es a perderla. Tenemos derecho al trabajo, el día que exista. La verdad es que muchas veces lo pienso y lo único que veo que se cumple en una buena parte de este país es el amor a España, y en mi caso, eso ya lo tenía antes de tener Constitución, por una cuestión natural, uno ama aquel lugar donde nace. Para ese viaje no hacía falta estas alforjas, salvo que yo fuera de aquellos que pretendan vivir del diezmo que se paga a esta nueva Iglesia, que como todas las demás, tanto más te acercan a Dios, tanto más lo alejan.
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